Defender a las defensoras

Hoy, como cada 29 de noviembre desde el año 2005, se conmemora el Día Internacional de las Defensoras de Derechos Humanos. Esta jornada rinde homenaje a las miles de mujeres que, a título individual o colectivo, dedican una parte o la totalidad de sus vidas a la defensa y la promoción de los derechos humanos en todo el mundo. Su objetivo es visibilizar los desafíos específicos que enfrentan estas mujeres, que comprenden desde los intentos de desacreditación hasta los asesinatos y feminicidios, atravesando violencias de otro tipo, incluida la violencia sexual.

Así pues, muchas defensoras de los derechos humanos sufren, además de la represión en su labor de promoción de un mundo más justo e igualitario, la inherente a su condición como mujeres. En ocasiones, incluso, esta discriminación ocurre también en el seno de sus propias organizaciones o comunidades. Y en el caso muy habitual de las mujeres defensoras que son indígenas o racializadas, el repertorio de violencias que enfrentan es aún mayor y más intenso.

Las defensoras medioambientales, en el punto de mira

De todos los ámbitos en los que las defensoras de derechos humanos actúan, los que están asociados a la defensa de la tierra y el territorio están sujetos cada año a una mayor conflictividad. En un contexto global marcado por la avaricia de unos pocos y una creciente escasez de recursos, resulta cada vez más peligroso oponerse a los grandes proyectos de empresas mineras, madereras, energéticas o de otro tipo. El acaparamiento de tierras para su explotación agrícola, ganadera o inmobiliaria se encuentra también detrás de una parte importante de estas agresiones.

Global Witness registró que 200 personas defensoras de la tierra y del medio ambiente fueron asesinadas en 2021, lo que representa un promedio de casi cuatro personas por semana. Estos ataques letales son la punta del iceberg de todo un corolario de amenazas contra las personas defensoras en todas las regiones del mundo, que son atacadas por gobiernos, empresas y otros actores no estatales con violencia, intimidación, campañas de difamación y criminalización.

El informe revela que alrededor de 1 de cada 10 de las personas defensoras asesinadas registradas en 2021 eran mujeres, casi dos tercios de las cuales eran indígenas. Denuncia además que la violencia de género arraigada en la misoginia y las normas de género discriminatorias se utiliza de manera desproporcionada contra las defensoras de derechos humanos y ambientales para controlarlas y silenciarlas, y suprimir su poder y autoridad como lideresas.

Julia Francisco Martínez, defensora de la Tierra en Honduras

Julia Francisco Martínez, defensora de la Tierra en Honduras

Las historias detrás de las cifras

Berta Cáceres, mujer indígena, feminista y ecologista, cofundadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), fue asesinada en 2016 por defender la salud del río Gualcarque y de su comunidad lenca frente a los intereses económicos de la compañía hidroeléctrica DESA. Su historia recorrió el mundo y su figura constituye hoy un símbolo para las personas defensoras de la tierra y el territorio. La amplia difusión de su caso sirvió para incrementar la presión sobre el Gobierno hondureño en el impulso de un juicio que acabase con la impunidad de sus asesinos (aún esperamos la condena para el autor intelectual), pero también para aumentar la conciencia social sobre las amenazas que enfrentan las defensoras medioambientales. Esto ha servido, a su vez, como acicate para algunos avances en materia de justicia ambiental en la región, como el Acuerdo de Escazú.

Lamentablemente, casos como los de Berta continúan ocurriendo cada año. Y es que en ocasiones las cifras escalofriantes ocultan historias como las de Joannah Stutchbury, cuyo relato refleja Tracey West (Directora Ejecutiva de Word Forest) en el propio informe de Global Witness:

“Joannah tenía savia de árbol corriendo por sus venas. Era amante de los árboles, practicante de la permacultura, ecologista y conservacionista de pleno derecho, mamá y madre de la tierra. Tenía una pasión ardiente e inquebrantable por el planeta. Estaba maravillosamente loca. Era una mujer llena de vida y alegría de vivir. La mataron a tiros cuando regresaba a su casa en las afueras de Nairobi, Kenia, en julio de 2021”.

Durante muchos años, Joannah se había pronunciado con pasión y determinación contra los acaparadores de tierras y los promotores privados que habían comenzado a destruir el bosque de Kiambu, cerca de donde ella vivía. Llegó a los titulares de prensa en 2018, cuando sin ningún tipo de ayuda se enfrentó a quienes estaban talando los árboles. Meses antes de que la asesinaran, había ganado en los tribunales un caso contra un promotor que quería construir en el bosque.

La activista ambiental Joannah Stutchbury se opuso a la tala del bosque de Kiambu en Nairobi, Kenia. JOANNAH STUTCHBURY/FACEBOOK

La activista ambiental Joannah Stutchbury se opuso a la tala del bosque de Kiambu en Nairobi, Kenia. JOANNAH STUTCHBURY/FACEBOOK

Es importante contar las historias de Berta, de Joannah y de las decenas de mujeres que, como ellas, son asesinadas cada año por defender la naturaleza de los que la depredan para su propio beneficio. Es importante poner nombres a estas cifras, tal como hace el propio informe de Global Witness en un listado. Y no solo por la sensibilización que este hecho promueve, sino por memoria, justicia y dignidad con cada una de ellas.

La importancia de visibilizar y la obligación de proteger

Conscientes de la ola reaccionaria que vivimos a nivel global, en la que la polarización y los populismos se retroalimentan para cercenar derechos y libertades que estaban ya en proceso de consolidación, necesitamos unir nuestras fuerzas para preservar el espacio democrático en el que las defensoras de los derechos humanos representan un contrapoder esencial y una fuerza de acción colosal, tal como han aconsejado en un comunicado conjunto varias relatorías de Naciones Unidas. Así pues, los Estados deben tomar medidas urgentes para eliminar todas las formas de discriminación y violencia contra las mujeres y asegurar su protección cuando participan en la vida política y pública.

Cada año miles, millones de mujeres, muchas de ellas indígenas, comprometen su integridad y su vida para defender los ríos, bosques, montañas y mares que sostienen la vida; pero también para defender los derechos de las personas y las comunidades más oprimidas. Una sociedad más justa y un planeta más sano es la mejor herencia que podemos dejar a las generaciones que están por venir. Es nuestra responsabilidad defender ese patrimonio y nuestra obligación defender a quien lo defiende.

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