La OTAN y la crisis climática – ES


Esta semana tendrá lugar en Madrid la Cumbre de la OTAN, una cita que convocará delegaciones de más de 40 países y organismos internacionales, y que marcará la orientación de la agenda de seguridad de la Alianza Atlántica y de sus miembros durante, al menos, toda la década presente. En el nuevo Concepto Estratégico que saldrá aprobado tras las negociaciones de estos días, con toda probabilidad tendrá una presencia muy relevante la situación de emergencia climática en la que nos encontramos. De hecho, así lo recomendó hace apenas unas semanas la propia Asamblea Parlamentaria de la OTAN, impulsando la integración de este asunto en la nueva hoja de ruta, e instando a los Estados miembros a dar ejemplo “siempre que sea posible”, mediante la reducción de su propia huella de carbono y adoptando “tecnologías verdes”.

Resulta indiscutible que el cambio climático impacta de forma directa en los modos de vida y la seguridad de millones de personas, incrementando situaciones de riesgo y tensiones en muchas regiones del planeta. Ya en 2007, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas señalaba con preocupación las consecuencias del cambio climático sobre lo que se entendía como “cuestiones cardinales de seguridad”, en relación a inundaciones, enfermedades, hambrunas y desplazamientos de población; o a que las sequías y la pérdida de cosechas podrían conllevar una competición más intensa por los alimentos, el agua y la energía. El actual Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, insiste habitualmente en la relevancia de este asunto: “cuando el cambio climático seca los ríos, reduce las cosechas, destruye la infraestructura crítica y desplaza a las comunidades, exacerba los riesgos de inestabilidad y conflicto”.

El lavado verde de los ejércitos

La OTAN ha mostrado un interés creciente sobre este fenómeno a lo largo de la última década. En su Concepto Estratégico de 2010 ya encontramos algunas referencias al cambio climático y en 2014 se aprueba en la Cumbre de Gales el denominado Marco de Defensa Verde, por el que se compromete a mejorar la eficiencia energética de sus ejércitos y a minimizar su huella ambiental. Pero será en 2021 cuando adopte el un plan específico en relación al cambio climático: el Plan de Acción sobre Cambio Climático y Seguridad establece el objetivo de “alcanzar las emisiones netas cero para 2050”, iniciando el camino a lo que el propio plan denomina como la “ecologización de los ejércitos”.

La contribución de los ejércitos a la crisis climática es tan significativa como lo es su falta de transparencia y rendición de cuentas. El problema no es menor, si consideramos, por ejemplo, que el Departamento de Defensa de los Estados Unidos es el mayor consumidor institucional de combustibles fósiles del mundo (consume más que países enteros como Bélgica), que la suma de emisiones de los ejércitos de los países de la UE podría equivaler a las de 14 millones de vehículos o que solo las del ejército español son tan elevadas como la suma de todos los coches que circulan por Madrid.

Sin embargo, los planes de reducción de emisiones anunciados por la OTAN denotan un marcado carácter de greenwashing o lavado verde de la imagen de sus ejércitos, dada su escasa ambición, ya que propone metas tan lejanas como 2050, la omisión de medidas concretas para llevar a cabo esa reducción de su huella, e incluso su adopción voluntaria, siempre supeditada a la eficacia de las misiones. Además, resulta difícil entender cómo pueden convivir objetivos de reducción de emisiones con la exigencia del aumento del gasto militar hasta el 2% del PIB para todos sus miembros y la carrera armamentística desatada a partir de la guerra en Ucrania.

Seguridad, ¿para quién?

Más allá de las de las tibias iniciativas de descarbonización, el enfoque con el que la OTAN aborda el cambio climático resulta eminentemente securitario, eludiendo cualquier aproximación relacionada con la justicia climática. En ninguno de sus documentos estratégicos se hace alusión alguna a la evidente responsabilidad histórica de los países de la Alianza sobre la crisis climática. Sin embargo, promueve una visión que considera a las víctimas del cambio climático como amenazas a la estabilidad global, un enfoque securitario adecuado solo para para justificar el aumento de la militarización y el control social, renunciando a priorizar la seguridad de la mayor parte de los habitantes del planeta frente al desafío más relevante de nuestro tiempo.

La propia existencia de la OTAN contribuye a sostener el modelo dominación colonial, de explotación del planeta y de desposesión de las mayorías que se encuentra en la base de la crisis climática y medioambiental en la que nos encontramos. En lugar de fortalecer su rol, deberíamos encarar el futuro diseñando una agenda de seguridad compartida por toda la comunidad internacional. Una hoja de ruta que priorice la paz con la naturaleza, promueva la solidaridad entre los pueblos y aporte justicia climática para las comunidades más afectadas.

Javi Raboso - autor del blog.

Javi Raboso

Sociólogo por la Universidad Complutense de Madrid y activista de derechos humanos. Responsable de la campaña de Democracia y Cultura de Paz en Greenpeace España. Twitter: @javi_raboso

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