¿Y si en vez de combustibles cultivamos alimentos? – ES


Igual te suena evocador, pero seguro que puedes imaginarte un gran campo de cultivo de cereales, y de ahí, una piensa en comida. Aunque esto ha sido así durante décadas, las políticas agrarias han generado un cambio financiando la plantación de los mal llamados «biocombustibles». Estos combustibles que proceden de cultivos agrícolas (aceite de palma, soja, caña de azúcar) son un quebradero de cabeza para la biodiversidad y el clima.  Tras ver una pandemia y una guerra, nos damos cuenta que… ¡no todo lo que cultivamos nos lo podemos comer!

La Unión Europea emplea grandes extensiones de tierras de labranza para cultivar alimentos y piensos que después se queman como energía para mover un coche o encender la luz. Aunque cereales como el trigo o el maíz se utilizan principalmente para alimentar a los animales (40% y 80% respectivamente), un 12% se destina a la energía y la industria. Más de la mitad de los aceites vegetales que se utilizan en la UE (como el de colza) se convierten en biodiésel para los coches. 

Por ejemplo, en Alemania más de un millón de hectáreas de tierra se utilizan para cultivar maíz que se destina a producir biogás. En España el 72,5 % del biodiésel y casi el cien por cien del hidrobiodiésel se fabrica con aceite de palma. Desperdiciar alimentos utilizándolos como combustible nunca fue bueno para el clima, la naturaleza o la seguridad alimentaria mundial, y en la crisis actual en la que nos encontramos está provocando una mayor subida de precios y mayor escasez de alimentos.  

Protesta en Hamburgo contra los alimentos como biocombustibles

Activistas de Greenpeace protestan con una gran pancarta contra el uso de cereales y aceites vegetales en combustibles en una almazara de Hamburgo. Los ecologistas exigen que los campos sean sembrados de cereales para la alimentación y no de biocombustibles, ante la amenaza de hambruna provocada por la guerra en Ucrania.
La pancarta dice: «¡Haz comida, no combustible!» (¡Kein Essen in den Tank!»).

Las consecuencias de la crisis ucraniana dejan patente que la agricultura actual no es una buena opción. Es hora de acelerar la necesaria transformación del sistema alimentario poniendo fin al actual uso insostenible de los recursos naturales, eliminando progresivamente la dependencia de los insumos externos, reduciendo los residuos de alimentos, disminuyendo sustancialmente la producción y el consumo de productos animales y minimizando el uso del suelo para la bioenergía. Además, si no se transforma el sistema y se garantiza la sostenibilidad a largo plazo, acabará perjudicando a los agricultores y agricultoras, las primeras víctimas de unos costes de insumos más elevados y volátiles, aparte de tener que enfrentarse a las consecuencias del colapso climático y de la biodiversidad.

Los efectos que el abuso de biocombustibles tendría en el sistema agroalimentario deberían ser suficientes para llevarnos a no promover su uso. Sin embargo, desde muchos sectores se está apuntando a su uso como una solución para afrontar su descarbonización, a veces haciendo de los biocombustibles su apuesta principal. Este es el caso de los aviones, que cada vez más presumen de utilizar biocombustibles, aunque sea un 1% o 2%, para intentar limpiar su imagen. Y si ya es difícil producirlos hoy día para un porcentaje tan bajo, ¿cuántos cultivos habría que dedicar para producir un 63% de biocombustibles en 2050, como apunta la UE? Difícil de imaginar.

Cosecha de maíz en Schleswig Holstein, en el norte de Alemania. Una cosechadora está cortando las plantas de maíz y procesando los granos, que luego se cargan en camiones. El maíz se utilizará para biocombustible, biogás y alimento para animales.

Para hacer frente a esta crisis tenemos que tomar medidas inmediatas necesarias en lo relativo a agrocarburantes. Desde Greenpeace trabajamos para exigir a las administraciones:

  • Prohibir que aquellos cultivos dedicados al alimento y pienso se conviertan en cultivos para bioenergía, en cualquiera de sus formas.
  • Suspender las subvenciones e incentivos relacionados con los biocombustibles; como las obligaciones de mezcla con combustibles fósiles, pues se han demostrado contraproducentes ya que incentivan el cambio de usos del suelo y la destrucción de ecosistemas.
  • Evitar el empleo de biocombustibles para motores de combustión interna en aquellos usos que ya dispongan de soluciones de electrificación directa más eficientes, como sucede con los automóviles o el ferrocarril.
  • Revisar la directiva de la UE sobre energías renovables, para que el biogás y los biocombustibles basados en cultivos, incluidos los procedentes de la colza, el girasol y el maíz, no se tengan en cuenta de cara a los objetivos de la UE en materia de energías renovables.

Autores Celia Ojeda Martínez y Adrián Fernández Carrasco



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