Tenemos la vacuna contra los grandes incendios forestales – ES


Como estamos viendo a nivel global, los grandes incendios forestales representan un problema creciente y son en momentos de ola de calor la parte más visible de la emergencia climática. Hace unas semanas lo fueron las inundaciones, y en septiembre lo será el hielo ártico o la temporada de huracanes en el Atlántico. Las sequías y lluvias torrenciales en Etiopía, Kenia o Camerún, como nos afectan menos, no suelen formar parte de nuestro imaginario de extremos climáticos. Los científicos del IPCC nos recordaron el pasado lunes que vivimos ya en un planeta afectado por el calentamiento global de origen inequívocamente humano y sin precedentes en la historia.

Asustados por lo que nos pueda venir en próximos días o semanas, en España, como contábamos en 2020 en el informe Proteger el medio rural es protegernos del fuego; sabemos que aunque el número anual de incendios tenga una tendencia decreciente, unos pocos pero pavorosos incendios ingobernables pueden ser los responsables de una parte considerable de la superficie total quemada en un año. Entonces, el problema no es el fuego son los grandes incendios. Podemos convivir con los incendios de baja intensidad, pero cuando llegan los megaincendios atizados por temperaturas extremas es para echarse a temblar.

Y si nosotros no gestionamos antes el paisaje, lo harán estos grandes incendios de manera brusca y devastadora. Viendo lo que está ocurriendo en países vecinos, nadie puede decir que no estamos avisados.

La ola de calor en la que nos encontramos crea un escenario adecuado para incendios pavorosos y que obligan al responsable del operativo de extinción a catalogar el incendio como “fuera de la capacidad de extinción”, en espera de un cambio en las condiciones meteorológicas. La ola de calor hace estos incendios muy difíciles de controlar y de extinguir.

Pero las temperaturas extremas no provocan incendios. Para que comience el incendio hace falta una cerilla, una colilla, el rescoldo de una barbacoa, una chispa que salte de una herramienta o una maquinaria, un tendido eléctrico en mal estado o que roce una rama, o cualquier otra negligencia o imprudencia. También hay incendios provocados de manera intencionada. Y un porcentaje muy pequeño de personas enfermas que se ven atraídas por el fuego, los pirómanos.

incendioforestal

30 agosto 2013. Lousame, A Coruña. ©Greenpeace/Pedro ARMESTRE

¿Qué podemos hacer entonces?

Los expertos de la ONU del IPCC, nos han dicho que el cambio climático es ya inevitable, en parte irreversible, y solo podemos evitar que empeore. Es de obligación moral actuar para reducir las emisiones y contener el aumento de la temperatura media del planeta por debajo de 1,5 ºC. Y los accidentes, negligencias e intencionalidad que provocan los incendios tienen un componente sociológico, muy azaroso, difícil de gestionar y con resultados a medio plazo. La investigación de las causas, la apertura de procedimientos judiciales y la aplicación del código penal son necesarios, pero no son la única solución.

Sobre la temperatura y la ignición, se puede hacer, se puede actuar. Pero el margen es limitado. Sin embargo, el problema estructural de los montes españoles es una asignatura pendiente.

El estado de nuestros montes y la crisis del territorio (la mal llamada España vaciada) comparten los mismos síntomas: desidia, desconocimiento, la ausencia de financiación económica y falta de comprensión de la realidad del medio rural. En definitiva, problemas mucho más invisibles que las llamas.

En España, el éxodo rural producido a partir de los años 50 supuso el abandono de una extensión considerable de tierras de cultivo. Este abandono supuso también la drástica reducción del aprovechamiento de recursos forestales o el pastoreo, actividades que reducían la cantidad de biomasa en el paisaje, biomasa que se comporta como combustible en caso de incendio forestal. Al abandono de cuatro millones de hectáreas de espacios cultivados hay que sumar la superficie forestal producto de la repoblación forestal, una parte de la cual no ha sido correctamente gestionada. Matorralización e incremento del monte arbolado joven, inestable, que crece sin gestión, sin inserción en el modelo económico del territorio, sin interés para la población y, por tanto, abandonado a su suerte. Según fuentes del propio Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico, más del 80% de la superficie forestal en España no tiene un plan de ordenación forestal. Si hablamos de ganadería, las explotaciones son hoy menos del 10% de lo que eran en los años 60, pero tienen el triple de unidades ganaderas. ¿Qué significa esto? Que en el medio rural están llegando falsas soluciones como las macrogranjas: pueblos llenos de animales explotados y vaciados de personas.

El fenómeno de la despoblación del mundo rural y de la pérdida de esta gestión sobre el paisaje aumenta el riesgo de propagación de grandes incendios forestales, incrementando al mismo tiempo la vulnerabilidad de la población, más envejecida y masculinizada y en la que las mujeres son las que menos oportunidades tienen.

A todo esto se suma un elemento que hace todavía más peligroso el cóctel: la urbanización desmedida y la falta de ordenación territorial ha hecho cada vez más difusa la línea que separa la superficie forestal del medio urbano. Principalmente en la costa y en las áreas metropolitanas de las grandes ciudades existe una maraña de chalets, urbanizaciones, campings, hoteles, equipamientos e infraestructuras insertadas en una matriz forestal o en contacto continuo con el monte. Esta zona de peligro, conocida técnicamente como interfaz urbano-forestal, trae de cabeza a bomberos, agentes forestales y servicios de protección civil. Como hemos visto en los destinos turísticos de Grecia o Turquía, cuando llega el fuego a estas zonas, el incendio se propaga desde la masa forestal a los setos que separan las parcelas, de éstos a los jardines, las ventanas y las estructuras de madera de las casas sin dificultad, ya que el fuego no hace diferencias entre el combustible.

15/10/2018. Mondariz, Pontevedra, Galicia, España. ©Greenpeace/ Pedro Armestre

Por todo lo anterior, para prevenir y minimizar el impacto de los grandes incendios forestales es fundamental la gestión de nuestro paisaje, recuperar el paisaje en mosaico agroforestal tradicional de forma sostenible, mejor adaptado, con menos carga de combustible, así como recuperar zonas degradadas y desertificadas. Para mantener ese nuevo paisaje es vital la dinamización y reactivación de la economía rural que contribuya a generar estos territorios resilientes ante incendios de alta intensidad. Junto con la ganadería extensiva, hay que promover la gestión forestal preventiva y recuperar aquellas actividades que previenen su propagación y que, además, son esenciales para la sociedad.

¿Qué tiene pensado el gobierno de Pedro Sánchez y su Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de cara a evitar los efectos compuestos de los extremos climáticos? ¿Llegarán los fondos europeos hasta las pymes y micropymes en el medio rural español y se aprovechará la oportunidad para dinamizar el sector forestal? ¿Como consta entre los objetivos del plan, va a ser el reequilibrio territorial un criterio en la inversión para conseguir la recuperación también de la mal llamada España Vaciada?

No necesitamos inventar una vacuna contra los grandes incendios forestales. La vacuna la conocemos. Solo hace falta el dinero para comprarla.

¿Está tu casa en riesgo de sufrir un incendio? ¡Cálculalo aquí! 



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