El lío de las etiquetas – ES


De la A a la G. Es lo que aprendimos desde hace años cuando empezamos a ver que los aparatos domésticos que consumen electricidad llevaban una etiqueta de colores. Esa etiqueta, normalizada en toda la Unión Europea, es obligatoria y debe estar visible en todos los aparatos expuestos para su venta al público. Gracias a ella, podemos saber cuánta electricidad consumen, especialmente si un aparato consume más o menos en comparación con otros que dan el mismo servicio. Una herramienta de gran utilidad para que las personas se familiaricen con la eficiencia energética y la importancia de tenerla en cuenta a la hora de elegir qué comprar.

 

Las diferencias de consumo energético entre aparatos varían según el electrodoméstico, pero para una misma categoría y función, uno de clase A puede consumir menos de la mitad o de la tercera parte que uno de clase G. Según la Comisión Europea, los beneficios estimados de todas las etiquetas energéticas y las medidas de diseño ecológico combinadas generarán ahorros de energía primaria (toda forma de energía disponible en la naturaleza antes de ser convertida o transformada) para 2030 de aproximadamente 230 millones de toneladas equivalentes de petróleo por año. Este es el equivalente al consumo energético final anual de España y Polonia juntos. Para los consumidores, esto significa un ahorro medio de ¡hasta 285€ al año en la factura energética de nuestros hogares!

La etiqueta no es solo una herramienta de información a quienes van a comprar, es también una herramienta para modificar el mercado: aproximadamente dos tercios de los refrigeradores y lavadoras vendidos en 2006 fueron etiquetados como clase A, mientras que para 2017, más del 90% de los vendidos fueron etiquetados A +, A ++ o A +++. En la medida en que la gente elige electrodomésticos más eficientes, aumenta la demanda de estos en detrimento de los menos eficientes y los fabricantes, empujados por la demanda, van fabricando aparatos más eficientes y dejando los menos eficientes.

Pero el sistema tiene sus fallos porque, ¿qué pasa cuando sale a la venta un electrodoméstico más eficiente que los que ya tenían la etiqueta A? En buena lógica, el nuevo debería quedarse con la A, el que antes tenía la A debería bajar a B, y así sucesivamente; hasta que el antiguo G debería quedar fuera del mercado. Así los fabricantes tendrían realmente un estímulo para producir siempre aparatos más eficientes.

Sin embargo, en el afán de vender más y más de todo, en vez de ir sacando del mercado los aparatos de etiqueta F o G (los menos eficientes), los fabricantes consiguieron que se pudiera distinguir a los nuevos más eficientes con una nueva etiqueta, la “A+”. Y luego cuando sacaron otros más eficientes aún, apareció la A++, la A+++… En fin, el cuento de nunca acabar porque uno ya no sabe cuántas crucecitas marcan realmente lo mejor. Y lo único cierto es que, ahora con ese método, la clase A cada vez representa una eficiencia más baja.

Finalmente, tras años de tira y afloja, la normativa europea volvió a cambiar. Ahora volvemos al sistema original y los más eficientes volverán a ser los A, a secas, y desaparece el galimatías de los A+, A++ y A+++. Pero (siempre hay un pero), ahora estamos en un periodo de transición, en el que ambos sistemas van a convivir. Terreno abonado para la desinformación y para la estafa.

La nueva etiqueta con la escala A-G está en vigor desde el pasado 1 de marzo para lavadoras, lava-secadoras, frigoríficos, vinotecas, monitores y televisores. Sin embargo, las bombillas y aparatos de iluminación no cambiarán de etiqueta hasta el 1 de septiembre de 2021, y para otros aparatos de alto consumo energético como secadoras, calefactores, acondicionadores de aire, aparatos de cocina, unidades de ventilación, refrigeradores profesionales, calentadores de agua y calderas, seguirán con la etiqueta antigua (no se sabe por cuánto tiempo).

Además, este reajuste de la escala no evita que, cuando vuelvan a hacerse aparatos más eficientes que los que hay, volvamos a tener el mismo problema si se resisten a bajar de escala al que antes tenía la A, etc. Que las intenciones no son muy buenas lo muestra el hecho de que, de salida, los antiguos A+++ pasan a llevar la B, y se deja la A sin adjudicar, para los nuevos más eficientes que puedan salir. ¿Pero y después? ¿Qué pasará cuando salgan otros aún más eficientes?

En fin, un lío, que muestra una vez más el gran poder que tienen las corporaciones frente a las autoridades públicas.

¿Y qué podemos hacer las personas cuándo necesitemos comprar un nuevo aparato?

Lo primero es pensar si lo necesitamos realmente y si podemos reparar el que ya tenemos. Y en caso de necesitar comprar uno nuevo, difícilmente podemos saber si la etiqueta que tenemos delante es del sistema antiguo o del nuevo, ni nos vamos a saber de memoria el calendario en que cambia cada una. Pero hay un truco fácil: olvidarse de las letras. Se trata de elegir siempre el que esté arriba de la escala, el de color verde, que será el A si la escala es A-G, o será A+++ en la escala antigua.

En definitiva, debemos hacer uso de todas las opciones que tenemos en nuestra mano para darle la vuelta al sistema energético, desde opciones transformadoras como el autoconsumo compartido hasta las más sencillas como solo comprar lo más eficiente. Se trata de no renunciar a nuestro derecho a elegir aquello que menos perjudique al planeta.

José Luis García Ortega - autor del blog.

José Luis García Ortega

Licenciado en Ciencias Físicas, especialidad Astrofísica, por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Dirección y Gestión de ONGs por ESADE. Responsable del Programa de Cambio Climático en Greenpeace España. Twitter: @jlgarciaortega

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