Un año de activismo y protesta ambiental en tiempos de pandemia – ES


El 2019 auguramos un 2020 lleno de movilizaciones, imaginábamos futuros distópicos y soñábamos con que la movilización social y ambiental permitiría que fueran futuros ecosociales… Arrancamos con fuerza el 2020 y un año después, vemos como la construcción de la distopía se ha acelerado y se ha puesto a prueba nuestra capacidad de reivindicar un mundo mejor, nuestra capacidad de soñar futuros mejores. 

¿Cómo movilizarnos cuando lo que tocaba era no moverse? ¿Cómo agruparnos cuando lo que tocaba era alejarse?

Lo intentamos hacia afuera, con otras, y desde los movimientos ambientales pasamos de aspirar a que prendiera la llama de la revolución ambiental, a procurar que no se apagase explotando la creatividad que surge cuando nos imponen límites. Nos manifestamos desde nuestras casas al mes de estar confinados en una mani de luces y sombras que se extendió por todo el territorio.

Pero en este primer mes, también nos movimos hacia dentro, transformando nuestras pancartas en trajes de protección para sanitarios, reconvirtiendo nuestro departamento de Diálogo Directo en un espacio de apoyo a nuestra comunidad de socios y socias, intentando cuidar a quienes más lo necesitaban. Hicimos que la expresión “sacar lo mejor de nosotras cuando van mal las cosas” no fuese una simple frase hecha, sino una realidad. Y no lo hicimos solas, nos sumamos a una corriente de personas y grupos que pasado el shock inicial, se negaba a que el distanciamiento sanitario fuera distanciamiento social.


La pandemia ha sido, es y, lamentablemente, será muy dura para muchas, sobre todo para las más vulnerables, y ahí es donde las redes de apoyo vecinales, los comedores solidarios y las múltiples experiencias de apoyo mutuo organizado han demostrado que hay mimbres para transformar.

Hemos visto que la respuesta colectiva funciona, y a eso aspiramos. Pero esta respuesta colectiva no surge de la nada, necesita que haya cultura de construir colectivamente y capacidad para hacerlo. Pese a que la cultura dominante se incline más hacia el individualismo, durante esos meses de confinamiento hemos visto como individuos aislados, vecinos y vecinas que no se conocían pasaban a llamarse por su nombre a través de las ventanas, de los balcones, y se dejaban notas ofreciendo ayuda en el descansillo del ascensor.

Del aislamiento al acercamiento

Paradójicamente, para muchas (no para todas) este aislamiento supuso un acercamiento, demostrando que en situaciones de crisis hay cultura colectiva. En cuanto el confinamiento se relajó, intentamos reforzar esa cultura con la capacidad de actuar de manera organizada y empezamos a probar con distintos tipos de protestas en la calle. Pero si bien nos resultaba más sencillo y menos polémico organizar redes de apoyo mutuo moviéndonos por la calle (la emergencia social y la posibilidad de movernos con responsabilidad sanitaria lo permitían), organizar protestas más masivas, reivindicar derechos de forma colectiva en la calle nos cuesta.

Responsabilidad sanitaria en emergencia ambiental

En esta desescalada que sube y baja, nos cuesta por la convivencia de esa responsabilidad sanitaria y la responsabilidad social de la protesta en una situación de emergencia ambiental. Nos cuesta porque no es fácil desescalar el miedo y escalar nuevas formas de movilización. Nos cuesta también por la incertidumbre legal de la convivencia del derecho a la protesta y el derecho a la salud pública, y hemos visto cómo las respuestas de algunos gobiernos europeos a la pandemia de la COVID-19 están restringiendo indebidamente el espacio cívico y las libertades ciudadanas. En el caso del Estado español, vemos como la famosa ley mordaza que limita nuestro derecho a la protesta está viviendo su época de mayor “esplendor” desde que se decretó el estado de alarma, condicionando nuestra nueva normalidad democrática. 

Para Greenpeace, muchos de estos retos también sido difíciles de abordar, pero también son un desafío que debe sacar lo mejor de esta organización. Una de las

¿Qué se puede y qué no se puede hacer desde un punto de vista legal? ¿Qué es o no legítimo? ¿Cómo movilizarnos y organizarnos en tiempos de crisis?

Son las preguntas de siempre en un contexto nuevo para muchas de nosotras, pero ahora tenemos experiencias cercanas de cómo responder colectivamente de manera exitosa a situaciones de emergencia. Como dice Rebecca Solnit, autora de Paraísos en el infierno: Gracias a la esperanza sabemos que, entre todas las incertidumbres que nos depara el futuro, habrá batallas que merezca la pena luchar, que incluso podemos ganar algunas de ellas”.



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